Ayer una amiga se entristecía por mi vuelta al trabajo. Se quedó perpleja cuando le dije que estaba encantada de volver y que no sentía ningún síndrome postvacacional. Parte de culpa la tiene mi agrado por ser bibliotecaria. La otra razón es que desde que soy mamá, me levanto entre las seis y las siete de la mañana sea lunes o domingo. Atrás quedaron las vacaciones de antaño con esos despertares a la una de la tarde o esas siestas de infarto. Así que junto con los madrugones y un no parar en todo el día, las vacaciones pasan a ser días maravillosos de estar con tu retoño.
Pongo un ejemplo de mi último día de lo que llaman "vacaciones":
A las siete de la mañana arriba, mi nene se despierta hambriento, preparo papilla aceleradamente. Afortunadamente, come de lujo y no tengo que luchar como otras muchas madres. Ahí tengo un respiro.
Cuando acaba, cambio de pañales y reclama ir al suelo como loco. Se pasa como una horita andando por el apartamento, buscando todo peligro existente, así que hay que estar ojo avizor.
Como tengo que preparar la papilla del mediodía y cena, aprovecho que sobre las nueve y media tiene sueño y de paso preparo los miles de cachivaches que necesito para ir a la playa.
Como un reloj, se despierta mi bombón. Entonces comienza el untamiento de crema solar, colocación del bañador, cangrejeras, camiseta, gorro...con algún lloro incluído.
Afortunadamente, yo ya estaba lista para la playa pues me preparé en la mini siesta previa.
Salimos del apartamento con bolsa de playa que pesa un quintal, chiquillo en brazos y sombrilla. La silla de playa pasó a la historia.
Por suerte, tengo playita a tan sólo cinco minutos, llego exhausta pero llego.
Comienza la construcción de castillos, juegos en arena, baños en el agua...
Sobre la una y cuarto, salgo disparada pues toca baño y comida.
Le baño, me baño, le doy de comer, como. Casi al final de la comida, se duerme. Recojo todo como un huracán para aprovechar su horita justa de siesta.
Dormimos...
Y a las cuatro de la tarde se despierta pidiendo guerra. Vienen juegos. Luego toca merienda. Vuelve a solicitar andar solito por casa para inspeccionarlo todo. Sobre las seis y media, lo visto bien guapo para ir de paseo. Me arreglo deprisa, deprisa...si no, llora, se aburre.
Salimos a dar una vuelta y volvemos no más tarde de las nueve.
Toca baño y dar cena.
Sobre las diez, se duerme y por fin...descanso.
A pesar de lo expuesto, soy feliz como una perdiz y me siento pletórica por tener a mi hijo a mi lado. Pero soy sincera, ¿vacaciones?
¿Usted qué opina?
Mari.
miércoles, 25 de agosto de 2010
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